PERDÓN

Ayer me junté con una gran, gran amiga, y entre champaña y vida, me ayudó a abrir los ojos, y por qué no, el alma.
Perdonar al resto, pasa también por perdonarse a uno mismo, por aprender que cada error, cada lágrima, cada pelea y cada caída no tiene por qué seguir cargándose como mochila toda la vida.
Siempre decía que había aprendido a vivir con la pena,
que me había acostumbrado a vivir -tal como lo decía Lemebel- con una “alita rota”,
extrañando, con pérdidas, pero no intranquila,
sino asumiendo que hay personas que quedan un poco rotas para toda la vida,
y que aprenden a cargar con esas fracturas de por vida,
que no por eso dejan de sonreír de verdad,
que no por eso dejan de ser felices genuinamente, sólo que el alma queda con rasguños, con pequeñas cicatrices para siempre.

Pero ayer me di cuenta que no,
que no tengo que cargar con mochilas ajenas, ni con mochilas propias.
Que ya llegó la hora de perdonar mis errores, de perdonar las relaciones,
de dejar fluir, de dejar llevar lo que no puedo contener, lo que no puedo cambiar porque ya fue,
de dejar que el pasado me afecte, me duela,
no me deje caminar tranquila, en paz.
De dejar de echar de menos, de mirar para atrás y pensar qué será de ellas,
de ellos, del resto,
de qué habrá pasado “si es que”
Si es que hubiera hecho las cosas diferentes, si es que hubiera aperrado,
creído, hubiera sido más valiente, más humilde, menos idiota, más humana, menos inmadura,
si hubiera valorado más,
si hubiera llevado menos en mis manos la bandera de la diferencia y la rebeldía…

Pero entonces, gracias a otra gran persona que llegó hace un par de meses a mi vida,
pude entender que esa persona soy yo,
que por eso tengo que empezar a perdonarme,
que soy yo esas diferencias, esos errores,
que ese pasado ya no me tiene que seguir haciendo mal,
que tengo que dejarme querer, cuidar, amar,
que no porque me dieron vuelta la vida mil veces, me la tienen que seguir dando vuelta para siempre.

Ya es hora de encontrarme conmigo misma, de encontrarme con mi presente, y saber que la sonrisa genuina también tiene que ser interna,
también tiene que dejar las cicatrices de lado, y tienen que cerrarse de verdad.
Adiós los malos momentos y los malos ratos,
adiós a los afectos malos que no me dejan seguir adelante,
adiós el echar de menos lo que ya no pudo ser, las personas que optaron por seguir caminos diferentes,
las que finalmente no eran lo que yo pensaban que eran,
adiós de replantearme tantas veces qué no hice o qué hice bien o mal,
y bienvenido el perdón, la luz, el volver a iluminarme, a crear, a volar con sueños propios.

Por la magia,
por empezar,
por pararme,
y por todos los que saben que los términos son la mejor manera de comenzar de nuevo
#graciasalavidaquemehadadotanto

Por: Chini


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