Ojeras Felices

Por Holly Jolley

Desde que era chica (más chica) siempre me ha gustado trabajar. Fui de esas niñas lesas que veían monitos gringos donde los personajes vendían limonada a 25 centavos y lo intentó. Tuve un montón de emprendimientos de pulseritas de hilitos de plástico horribles y hasta vendí calugas de chocolate de mi abuelita en el colegio (y fallé rotundamente porque eran muy ricas y me las comía todas yo).

No trabajaba por la plata (porque obvio que a los 9 años mis negocios eran pésimos y nunca gané mucho jaja), la plata ni siquiera me gusta realmente: es fea y nos hace hacer cosas aún más feas. Por mí, ojalá el sistema económico mundial fuera en base a abrazos de panda, fotos de perritos o algo cursi de ese estilo.
Para mí el trabajo no ha sido más que una herramienta de independencia y aprendizaje, que me dio poder de decisión sobre mí misma y un sentido agudo sobre el extraño funcionamiento del mundo. 
 Yo trabajaba en lo que viniera: Fui vendedora estrella de bloqueadores con olor a concentrado de playa caribeña, entregadora de panfletitos horribles de inmobiliaria, banderera de algún candidato a alcalde que nunca ganó… Trabajos que no necesariamente tenían que ver con las cosas que me gustan (¿porque a quién le pueden gustar las inmobiliarias y los candidatos a alcalde?).
Nunca se le ocurrió a esa mini mini Holly del pasado que el trabajo podía tener que ver con lo que a uno le causa felicidad. No es normal pensar eso. Solo basta con mirar a la gente, en la calle o en el metro, en cualquier parte, con esas caras redonditas, rojas e inexpresivas mas allá del umbral del cansancio, esos cuerpos apretados en ternos grises fomes. En general la gente no se ve ni un poco feliz.
Quizá todas esas personas nunca supieron lo que los hace felices y se conforman con llegar a la casa, sacarse los zapatos, ver una serie y partir todo de nuevo al día siguiente o quizás nunca pudieron cumplir sus expectativas y tuvieron que adaptarse y dejar de lado lo que realmente querían hacer.
Yo siento que no puedo permitirme eso, no ahora, porque sé exacto lo que me hace feliz: agarrar un lápiz y dibujar un mono medio deforme, ojalá amarillo. Me encanta la ilustración y cómo permite abrir un imaginario propio a otros, entenderse más a uno mismo, agarrar el mundo y simplificarlo en líneas, texturas y conceptos. Es hacer realidad visiones propias de todo lo que me rodea.He tenido la suerte este tiempo, desde que empecé en serio como ilustradora, de tener muchos trabajos. Algunos maravillosos, entretenidos y llenadores, otros pésimos, desorganizados y mal pagados (o no pagados). Doy las gracias por todos, porque así uno aprende, gracias a esos trabajos pésimos ahora acepto menos trabajos pésimos (ya, en serio, páguenme).
No todo ha sido perfecto. A veces estoy cansada, a veces no tengo tiempo para almorzar y paso días alimentándome de Limón Soda y empanadas de queso de dudosa procedencia. A veces tengo ganas de tirarme en la cama por tres meses, hibernar o algo así, pero al final siento que todo vale la pena. Siento que de a poco voy construyendo mi pequeño mundo ilustrado, con la ayuda de amigos que he ido conociendo en el camino, los que comparten expectativas parecidas a las mías.
Ahora, cuando me subo al metro, a lo mejor me veo igual de ojerosa que el resto de la gente cansada en el vagón, pero me siento diferente: son ojeras felices.
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